Si te duele la espalda desde hace meses, lo más probable es que la causa no esté donde te duele. Y lo que de verdad cambia el cuadro casi nunca es el reposo: es el movimiento, bien dosificado.

El dolor no mide el daño

El cambio de paradigma de los últimos años se resume en una frase incómoda para la intuición: el dolor no significa siempre que haya daño en los tejidos. Solo en un 5%-15% de los casos un hallazgo de imagen (una hernia, una “degeneración”) explica directamente el dolor (Dillingham, 1995). En el resto, lo que sostiene el dolor son factores que rara vez se miran en una resonancia: contextuales, neurofisiológicos, psicológicos y sociales. Es lo que en clínica se llama el modelo biopsicosocial, y hoy es el marco de referencia para entender el dolor persistente.

Cuando el dolor se cronifica, el sistema nervioso se vuelve más eficiente avisando: sensibiliza sus circuitos (sensibilización central), reorganiza sus conexiones (plasticidad) y pierde parte de su capacidad de frenar la señal. El resultado es un sistema de alarma que salta antes y más fuerte, aunque ya no haya nada que reparar. El dolor es real; lo que ha cambiado no es el tejido, es el volumen de la alarma.

Lo que mantiene el dolor encendido

Sobre esa base neurofisiológica pesan factores que solemos pasar por alto. Los psicológicos son los que más se correlacionan con la cronificación: la kinesiofobia (miedo a moverse por temor a dañarse), el catastrofismo (anticipar lo peor), la hipervigilancia (estar pendiente de cada señal) y, en el otro lado, la autoeficacia (la confianza en la propia capacidad de manejarlo), que es protectora.

Y hay un detalle contraintuitivo: el contexto influye más de lo que parece. Un consejo médico bienintencionado pero alarmista (“ten cuidado, no fuerces”) puede instalar miedo y, con él, evitación. La evitación reduce la actividad, la inactividad agrava el cuadro, y el círculo se cierra. El dolor moldea emociones y creencias, y esas emociones amplifican el dolor (Tracey y Mantyh, 2007; Moriarty y cols., 2011, sobre el impacto del dolor en la memoria y la atención).

Por qué ayuda el movimiento (y no el reposo)

Si el problema es una alarma mal calibrada, la salida pasa por enseñarle al sistema que moverse es seguro. El ejercicio hace justo eso. En personas sin dolor, moverse reduce de forma fiable la sensibilidad al dolor (un fenómeno llamado hipoalgesia inducida por el ejercicio); en dolor crónico esa respuesta suele estar deteriorada, pero se puede reentrenar con una exposición gradual y sostenida. La clave está en empezar por debajo del umbral que dispara la alarma e ir subiendo.

Aquí conviene ser honestos con la evidencia, porque el marketing exagera. Revisar la literatura sobre dolor musculoesquelético lleva a una conclusión clara: ningún método, terapia o técnica se ha mostrado significativamente superior a los demás (Rubio-Ochoa y cols., 2019). Prácticamente cualquier ejercicio es mejor que no hacer nada, y el factor que más pesa es la dosis: la frecuencia y el volumen con que se sostiene en el tiempo. La recomendación que se desprende de los estudios es casi de sentido común: que la persona practique el tipo de ejercicio que prefiera y pueda mantener.

Dónde encaja el Pilates

Dentro de ese “cualquier ejercicio”, el Pilates tiene rasgos que lo hacen un buen vehículo para el dolor crónico, y vale la pena nombrarlos sin inflarlos. Es un ejercicio de alto impacto cognitivo: exige atención y concentración, y dirigir la atención al movimiento o a la respiración ayuda a modular el dolor (en la línea de los trabajos de Moseley sobre percepción y comportamiento ante el dolor, 2004). Trabaja con cargas bajas y muy graduadas, lo que lo hace seguro para empezar y fácil de progresar. Y trata el cuerpo como una unidad: a veces el síntoma local mejora trabajando lejos de donde duele, redistribuyendo el movimiento por más estructuras.

Nada de esto convierte al Pilates en una cura. Lo que lo hace útil es que ofrece un marco para moverse con criterio: entender qué se está haciendo y por qué. La clave está en adaptar la exposición a cada persona; encadenar repeticiones por inercia no reeduca nada.

El dolor crónico se gestiona devolviéndole al cuerpo la confianza de que moverse es seguro, poco a poco y con cabeza. El Pilates, bien enseñado, es una de las formas más amables de hacer ese camino, y se entiende mejor cuando se ve dentro de la relación entre Pilates y fisioterapia.

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Referencias

  • Dillingham TR. Evaluation and management of low back pain: an overview. State Art Rev. 1995.
  • Tracey I, Mantyh PW. The cerebral signature for pain perception and its modulation. Neuron. 2007;55(3):377-391.
  • Moriarty O, et al. The effect of pain on cognitive function: a review. Prog Neurobiol. 2011;93(3):385-404.
  • Rubio-Ochoa J, et al. Comparative effectiveness of exercise therapy for chronic low back pain. J Pain Res. 2019;12:3071-3105.
  • Moseley GL. Evidence for a direct relationship between cognitive and physical change during an education intervention in people with chronic low back pain. Eur J Pain. 2004;8(1):39-45.