Entras al gimnasio y el profesor de Pilates no ha venido. Cubre su puesto la chica de las mallas moradas, la que suele sacarle los higadillos a las mamis en la clase de step. ¿Qué nos espera hoy en la clase de Pilates?

La escena se repite más de lo que debería. Hacerse profesor de Pilates parece, para mucha gente, pan comido: un curso de fin de semana, un libro leído, y a colgarse el cartel de “experto en”. No funciona así, y conviene decirlo claro.

El mito del fin de semana

Todos hemos intentado aprender inglés alguna vez, y eso no nos ha hecho bilingües. Con Pilates pasa lo mismo. Imagina que te vas a Londres: si has estudiado una semana, te harás entender a base de mimo y diccionario; con un año, podrás comunicarte aunque no con toda la soltura; para captar los matices, las bromas y el sarcasmo, necesitas usar el idioma a diario durante mucho tiempo. Nadie es instructor de Pilates después de un curso de un fin de semana, igual que nadie es bilingüe con un cursillo. Se te ve el plumero enseguida, y lo único que consigues es perder la confianza de tus clientes.

El monstruo de la titulitis

En España nos gusta mucho ponernos flores. Cualquiera que haya asistido a un cursillo se convierte de pronto en un “especialista en”, y los hay que se han leído un libro y parece que hubieran adquirido el título por arte de magia. Pero el hábito no hace al monje. Por muchas ilustraciones a color que tenga el manual, eso no te capacita para dar una clase colectiva de suelo, y mucho menos sesiones individuales.

Seamos serios, sobre todo quienes trabajamos con la salud de las personas. Cuando vas a operarte quieres un cirujano, no a alguien que se ha leído un libro de cirugía. Aquí es igual, porque también se juega con el cuerpo de los demás. Como se suele decir, se pilla antes a un mentiroso que a un cojo, y en Pilates las mentiras tienen muy poco recorrido.

Ni siquiera basta con “lo original”

Hay otro malentendido, en el extremo opuesto: el de las escuelas que se vanaglorian de ser “auténticas” y “originales”. Curiosamente, muchas de las ideas que repiten como puras de Joseph Pilates (sobre la respiración, la postura, los abdominales) no son suyas, sino añadidos de sus primeros discípulos. El método se queda congelado para quien lo trata como una reliquia. Joe murió en 1967 y el Pilates ha seguido avanzando desde el conocimiento científico del movimiento. Aferrarse a “lo original” no es rigor, es estancamiento.

Un instructor de verdad no deja de formarse

Si quieres ser de los buenos de verdad, tendrás que discernir las necesidades de cada alumno y darle una solución real. Un colega define así su trabajo: “facilitarles el ejercicio justo, al tiempo justo, a la intensidad justa, con la correcta progresión”. Eso exige una base sólida y mantenerse actualizado, porque la ciencia avanza y con ella el método. La formación de calidad supone tiempo, dinero y esfuerzo, y nunca termina del todo.

“Sólo sé que no sé nada”, decía Sócrates (debía hacer Pilates). Cuanto más nos formamos, más nos damos cuenta de lo que nos queda por saber, y más ganas tenemos de seguir. Esa es la diferencia entre colgarse un título y ser de verdad un buen profesor de Pilates: no un diploma en la pared, sino un camino que no se acaba.

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